lunes, 5 de diciembre de 2011

LAS MOTOCICLETAS Y EL EROTISMO

LAS MOTOCICLETAS Y EL EROTISMO


     Alguien dijo que montar en moto es el mayor placer que se puede alcanzar vestido. Hay otros placeres, desde luego, más conocidos y acaso más disfrutados por la especie humana (o, cuando menos, más deseados), que se suelen alcanzar desnudo, y que, de tan voluptuosos, parece como si acabara el mundo en ellos, como si detrás de su culminación ninguna otra cosa pudiera serle comparada, mucho menos vestirse con rigor para subirse en una moto y encontrarlo placentero, claro está. En todo caso, si montar en moto es un género menor del placer (del placer entendido en su forma grandilocuente, como suceso apoteósico para los sentidos), habremos de convenir en que reúne muchos y muy buenos elementos que les son propios a los otros placeres, vamos a llamarlos grandes placeres. No es que los haya tomado prestados de aquéllos, estrictamente, sino que, más bien, se ha producido una simbiosis entre unos y otros, y la causa parece sencilla: el hombre inventa las máquinas y las herramientas para la consecución de un bienestar. Ese bienestar puede consistir unas veces en una reducción del trabajo o una simplificación de las tareas o una optimización del tiempo y de los recursos. Otras veces se inventa máquinas que, sobre todo, se disfrutan, máquinas lúdicas, máquinas que no son un medio para alcanzar ningún fin (salvo la consecución del placer), sino que son ellas fin en sí mismas. Ya no son máquinas que proporcionan un bienestar, sino máquinas que procuran un placer, máquinas para el placer. Para ello sólo es necesario que produzcan sensaciones placenteras.
     Dejando aparte consideraciones utilitarias, probablemente sea la motocicleta una máquina para el placer, al menos en nuestros días. Razón de más, pues, para encontrarle sobrados vínculos con esos grandes placeres, o placeres convencionales, bien sea en su forma explícita o en su concepto (el ocio, la gastronomía, el turismo, el erotismo...). De todos ellos participa la motocicleta y al contrario, son ellos quienen toman prestadas sus capacidades, son ellos quienes integran sus cualidades, sus posibilidades y sus contextos hasta conformar esa perfecta simbiosis de partes heterogéneas que funcionan armónicamente.
     A decir verdad, esto no debe sorprendernos, porque no se trata de un hecho aislado.
     Esta simbiosis máquina/placer no es privativa de la motocicleta, en absoluto. La comparten también, en mayor o menor medida, otras máquinas y otras herramientas del placer humano. Pensemos en los automóviles, en las embarcaciones y aeronaves de recreo, en las armas de caza, en los aparatos audiovisuales, etc. Son instrumentos del placer. El hombre disfruta utilizándolos y a menudo los separa de su estricto ámbito cotidiano para incorporarlos a estructuras más amplias y complejas de su comportamiento y de sus actividades. Esto le ha venido ocurriendo a la motocicleta desde hace mucho tiempo, no ya como mero instrumento del placer, sino como elemento activo y crucial del mismo, símbolo unas veces, ornamento otras, pero pieza destacada siempre en áreas muy importantes de la vida humana, como por ejemplo, en el erotismo.
      Habremos de remontarnos a los últimos años cincuenta y principios de los sesenta para encontrarnos con la sorpresa de un vehículo que no sólo va a cambiar los hábitos de transporte de la sociedad española (antes había ocurrido ya en Europa), sino que va a influir también discretamente en los hábitos sociales -y eróticos- de  la  juventud.  La  humilde  Vespa,  de  la  que  ahora  se cumplen cincuenta años, supuso un golpe bajo para la moral pacata y restrictiva de la época. Las jóvenes parejas de entonces se escapaban al campo los fines de semana con entera libertad haciendo uso de este novedoso escúter (y de otros similares de otras marcas), barato y popular, que les otorgaba esa desconocida sensación de independencia y transgresión, inédita hasta el momento. No era lo mismo viajar en autobús, o en tren, que hacerlo en una Vespa. El desplazamiento privado frente al desplazamiento colectivo. El individuo frente a la masa, la libertad frente a la sumisión. Los legisladores de la época -de todas las épocas- y las gentes bienpensantes, siempre le han tenido mucho miedo a lo privado, al individuo y a la libertad, lo cual es comprensible: la masa colectiva y sumisa es más fácil de controlar, de adoctrinar, de ser sometida si las circunstancias lo requieren. Habitualmente lo requerían.


     Pero, después de todo, la Vespa no era sino un inofensivo medio de transporte para una sociedad largo tiempo desmotorizada como consecuencia de la posguerra, así es que nadie podía echarse las manos a la cabeza puesto que el progreso, todo progreso, exige un precio a cambio.
     Había, sin embargo, una cuestión moral difícilmente soslayable y que hoy nos hace sonreír: era el problema de los pantalones y de la mujer. Los pantalones estaban considerados como una prenda inmoral para la mujer. Ninguna chica decente debía llevar pantalones. Ocurría, sin embargo, que montar en moto (en Vespa o en otros escúteres) con falda planteaba cuestiones todavía más graves e impúdicas, si cabe. De ninguna manera parecía permisible una hembra despatarrada en el asiento de una moto. En realidad incluso esto era bastante difícil, porque las faldas cubrían, por lo menos, hasta la rodilla, o casi. Mary Quant no había inventado todavía la minifalda. ¿Cuál era la solución? Que las mujeres montasen en moto al estilo amazona, es decir, sentadas con las dos piernas juntas y extendidas hacia el mismo lado, el izquierdo, por lo general. A los efectos dinámicos de la moto esto resultaba incómodo y peligroso, por razones obvias, pero la moral era la moral, y no hay más cera que la que arde. La seguridad vial nos la hemos inventado nosotros en los ochenta/noventa, y a nuestros sufridos padres eso les importaba una higa, pero la moral es tan antigua como el mundo. Hasta no hace demasiados años en el Código de la Circulación todavía se contemplaba de facto el estilo amazona, y fue necesario imponer la cordura y cambiar las costumbres del vestuario femenino para poder adoptar el sistema actual, es decir, montar a horcajadas (el otro ya está terminantemente prohibido). Las mujeres empezaron entonces a vestir indistintamente falda y pantalón, -luego esa curiosa prenda llamada falda pantalón-, y no por imperativos morales sino por veleidades de la moda. Las más guerreras y calentonas decidieron posteriormente que no era mala idea subirse de paquete en una moto llevando provocativas minifaldas, no importa que fuera invierno. Ya habían quedado obsoletas las Vespas, y ahora lo que se estilaba -estamos en los primeros ochenta, por lo menos- eran los poderosos pepinos japoneses de ciento y pico caballos, y así que fueron nuestras intrépidas damas de aquel tiempo enseñando muslamen, trasero y caderamen a todo bicho viviente. Los taxistas, conductores de autobús y peatones rijosos se dieron un buen festín de ver cacha y no lo olvidarán fácilmente. Incluso algunos dejaron de comprar el Playboy.



     Pero volviendo a tiempos pasados, cuando las Vespas hacían furor en calles y carreteras españolas, incidir una vez más en la falta de seguridad con que montaban estos incipientes motoristas. Los cascos eran prácticamente desconocidos y en todo caso la única medida protectora que se adoptaba consistía en esas gafas toscas y poliédricas ceñidas a la cara con gruesas cintas de goma. Pero la medida parecía insuficiente para proteger los ojos y el personal padecía con frecuencia de orzuelos, esa afección tan molesta como casi desconocida en nuestros días. Las mujeres llevaban vistosos pañuelos en la cabeza, un poco por higiene capilar, otro poco por estética y quizá bastante por reminiscencias de un pasado cercano en el que las melenas largas y sueltas eran terriblemente pecaminosas. Ciertamente, las mujeres decentes de los cuarenta/cincuenta debían llevar sus cabellos primorosamente recogidos en un moño, o en bucles, tirabuzones o trenzas: la férrea moral no permitía otra cosa. No sorprende, pues, el entusiasmo que despertaban en el graderío de machos ibéricos las divas de Hollywood de la época, Verónica Lake, Rita Hayworth, Ava Gardner, Marilyn Monroe y otras, con sus largos cabellos sueltos y seductores. Menos mal que ellas no montaban en Vespa.

        ¿Y qué decir del celo fanático y obsesivo de las madres de entonces para con sus hijas en edad de merecer, que se echaban un novio tendero, oficinista u opositor con Vespa? Da miedo pensarlo. ¿Cuántos consejos, cuántas advertencias, cuántas recomendaciones, cuántas reconvenciones? Diríase que el mismo Lucifer habitaba en los cófanos de las Vespas como los genios omnipotentes habitaban en las lámparas maravillosas de Las Mil y Una noches.  Históricamente, las mujeres y las motos nunca han hecho buenas migas. Hay excepciones, naturalmente, como veremos más adelante, pero el hecho es que en este antagonismo hembra-moto se han cimentado buena parte de las espectativas eróticas de la motocicleta. ¿Placer onanista de lobos solitarios? ¿Un trasunto, una prolongación de la virilidad masculina ofrendada a una máquina sensual, ergonómica, litúrgica, en donde los sentidos corporales -como en un verdadero intercambio erótico hombre/mujer-, tacto, olfato y oído, fundamentalmente, adquieren una relevancia decisiva? ¿Una forma de autoridad, de posesión incondicional y absoluta, de dominación genital hacia un vehículo que se conduce con el cuerpo y para el cuerpo, para disfrute físico del mismo? ¿Es la moto, digamos, un instrumento de naturaleza femenina con el que poder transgredir normas y convenciones, insalvables de otro modo? ¿Sustituye la motocicleta a la mujer, en algunos contextos, tratándose el hombre, sustituye al hombre, tratándose de una mujer motorista? ¿Se posee sexualmente una moto, en mayor medida de lo que se posee a otras máquinas del placer?
     Los más entusiastas valedores de la filosofía custom en general, Harley Davidson en particular, como marca estandarte por antonomasia de este estilo peculiar de entender y vivir la moto, quizá podrían aportar algunas respuestas. La íntima y concupiscente relación que mantienen ellos con sus genuinas monturas bicilíndricas resulta bastante sugerente al respecto. Una Harley no es solamente una motocicleta, sino un símbolo, un objeto de culto, de pasión frenética e irracional, como podría serlo un hombre o una mujer para su correspondiente partenaire enamorado hasta la frontera misma de su alienación como persona. Live to ride, ride to live, que reza uno de los lemas más conocidos de los harlystas universales, y que sería tanto como decir vive para amar, ama para vivir, vive para fornicar, fornica para vivir, etc., y que en cualquier caso insinúa de inmediato un concepto hedonista de la vida que encuentra en el erotismo -cuestión hedonista por excelencia- una acertada correspondencia. Pero no la única. Qué decir de la historiada parafernalia custom, con sus cromados impolutos, sus cueros sugerentes y lascivos, las botas, guantes y pañuelos, camisetas, cinturones, hebillas, ropa interior, mecheros, petacas, llaveros... marca Harley Davidson, todo un ejercicio fetichista de estilo que tanto recuerda ciertos preámbulos eróticos en los que interesa, sobre todo, una estética de la sensualidad: zapatos altos de tacón, medias de rejilla, ligueros, ropa interior escueta y sugerente, profusión de cueros, sedas y terciopelos, amplio contraste de colores negros, blancos y rojos, etc., en el caso de la mujer, con otras variantes equivalentes en el caso del hombre, quizá una colonia o unos calzoncillos determinados, o un tatuaje, o un tono de voz especial, o unas poses y movimientos estudiados..., no importa, todo un complejo ritual de celo y cortejo que en su esencia tanto sirve para montar en moto como para montar personas, permítase la expresión, y que viene a probar cuán cerca están a veces las máquinas y el sexo, con todas sus implicaciones, cuán cerca las motos y el erotismo. 



      Difícil resulta, argumentando sobre todas estas cuestiones delicadas -no tanto en sí mismas como por las suspicacias que suscitan-, no caer en una cosificación de los individuos, en especial de la mujer, como difícil resulta no caer en una visión simplista -y sexista, desde luego- del ser humano con relación al tema que nos ocupa, pero este es un problema cultural y no podemos sustraernos a él, porque no podemos explicar ni interpretar determinados aspectos de los comportamientos humanos fuera de los contextos sociales que los hacen posibles.
    Un marco idóneo para la manifestación conjunta del erotismo y la motocicleta han venido siendo habitualmente las concentraciones, ese espacio restringido y tribal en donde gustan de juntarse los motoristas de una misma etnia o de diferentes familias, según los casos, y que constituye por sí solo un fenómeno social y de masas no todavía suficientemente explicado en la actualidad, pero con una significativa carga de erotismo implícito. Muchas parejas jóvenes acuden en sus máquinas a estas reuniones multitudinarias con el digno propósito de dar rienda suelta a la concupiscencia bajo el mínimo amparo de las lonas de su tienda de campaña, mientras afuera rugen los motores y arden las hogueras nocturnas y las botellas de cerveza pasan de mano en mano. Algo de apareamiento primitivo, rústico y ancestral adorna estas efusiones amorosas del personal motero en estos sus encuentros campamentales. A menudo los organizadores de concentraciones incluyen en sus programas de actos espectáculos de streap-tease, concursos de camisetas mojadas (para las chicas) y otras excelencias semejantes. En los Estados Unidos son suficientemente conocidos los desmanes erótico-festivos del personal Harley en sus abigarradas concentraciones de Daytona Beach y Sturgis, con decenas de miles de motos ostentosas y rubias de escándalo enseñando carne por doquier. En las acampadas previas que se establecen en las proximidades del circuito de Jerez en vísperas del Gran Premio de Velocidad, se producen, a menor escala, sucesos semejantes, y muchas parejas desplazadas desde cientos de kilómetros para ver las carreras se olvidan de este propósito y no salen de sus tiendas, hoteles o apartamentos en todo el fin de semana, entregados frenéticamente al sano deporte de la coyunda carnal. ¿Podríamos especular, acaso, con que las motocicletas y sus contextos estimulan la libido humana? Lo más probable es que no sea ésta la causa principal de tan interesante fenómeno que, por lo general, no suele necesitar de aditamentos externos, pues es nuestra naturaleza más primaria, pero acaso quepa considerar que ayuda o predispone a la manifestación del mismo.
       La motocicleta y el erotismo, ¿realidad o ficción? Realidad y ficción. Se ha dicho y escrito tantas veces aquello de que la realidad supera a la ficción, que parece que nada podría oponerse a esta idea, y sin embargo es al contrario, tratándose del erotismo. En éste, la ficción supera siempre a la realidad, la rebasa, la mejora, hace más deseables sus argumentos, por descabellados que sean. La ficción es siempre un trasunto de la vida, un plagio mejorado de realidades inventadas, sospechadas o intuidas, pero de algún modo absolutamente preferibles -incluso en el peor de los supuestos- a los pormenores concretos de la realidad real.


          
     Hace algunos años, una conocida revista sueca de sexo publicó un número monográfico titulado Motos y chicas. Resultará ocioso hablar de su contenido, por previsible en este tipo de publicaciones hardcore (sexo duro y explícito), pero sí merecerá la pena que nos detengamos un momento en una breve historia escrita que aparecía en sus páginas y en la cual una chica particularmente viciosa narraba con todo lujo de detalles sus experiencias sexuales a lomos de una poderosa Kawasaki de 1.000 c.c. por las pistas abandonadas de un aeródromo en el norte de Inglaterra. El ritual era ciertamente complejo e inverosímil: ella sentada delante casi sobre el depósito y él detrás, a los mandos. Ambos semidesnudos y sin casco, para sentir mejor el viento en la cara. Arrancaban la moto y el chico iba acelerando poco a poco a través de la inmensa pista del aeródromo. En algún momento tenía lugar el acoplamiento y así en marcha, sin dejar de acelerar, consumaban esta cópula frenética y temeraria. Duraba unos breves momentos (la pista se terminaba) y al alcanzar los 200 km/h. los dos a tu tiempo llegaban al clímax. (¡Menuda compenetración!) A la chica en cuestión se le acababan las vacaciones en Inglaterra pero esperaba repetir su experiencia al verano siguiente, en cualquier lugar del mundo, con el primero que estuviera dispuesto: si tú eres motorista y me estás escuchando, y quieres hacerlo conmigo en tu moto, no tienes más que llamarme, baby. La chica era anónima y quizá ficticia y no constaba ningún teléfono ni dirección. La ficción supera a la realidad, pero los milagros no existen.
     Todos recordamos un anuncio de un perfume en el que una ostentosa y ubérrima dama se paseaba por las noches de la ciudad rigurosamente vestida de cuero negro, montada en una custom de lo más sugerente y buscando a un tal Jacq's. Después paraba la moto, miraba lascivamente a la cámara y en un primer plano absolutamente memorable se bajaba un poco la cremallera de su cazadora de cuero para insinuarnos con toda la malicia del mundo un par de poderosas razones para que cualquiera de los televidentes deseara encontrarse en el pellejo de ese tal Jacq's. En la vida real, ¿alguien ha visto una chica parecida paseando su palmito por las calles de la ciudad en una alegre noche de sexo y de motos? Y aunque así fuera, ¿tú te llamas Jacq's? Pues entonces.

     Ejecutiva agresiva busca chico marchoso para viaje de placer. Era un anuncio gráfico de Suzuki. La ejecutiva en cuestión era una rubia de bandera, con ojos verdes y facciones de ensueño, una vampiresa, vaya. Hazte con ella, te sorprenderá. Aquí el anuncio jugaba al equívoco entre la moto y la chica. En una variante de este mismo anuncio, pero dedicado a otro modelo de Suzuki, una pobre chica vestida de novia se quejaba de que se fue a recoger los anillos y no volvió. El novio se había ido con la moto dejándola plantada (compuesta y sin novio). El colofón del anuncio era demoledor: algunas veces hay que saber elegir a tiempo.


      Otros son más prácticos y eligen ambas cosas, mujer y moto, y le sacan el mejor partido posible a ambas. Hay tipos listos. Es el caso -y dejamos la publicidad para entrar en la literatura- de uno de los personajes de la novela Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes. Un tal Fernando, con una tremenda BMW R-75 de guerra (pero sin sidecar), de la que se sirve para su minuciosa estrategia de acoso y derribo a Malena, la protagonista, entonces una adolescente en la edad del pavo que bebe los vientos por él. Luego de unos escarceos previos la situación deriva hacia unos derroteros acostumbrados: Fernando se lleva a Malena a la era en la moto y la desvirga una noche. Inédito, en cambio, el destino de la BMW: de los frentes de guerra en Africa o en las Ardenas, años cuarenta, a los campos extremeños del amor, en la novela, años setenta.
  
  

      Otro Fernando, este en el amargo y menestral Madrid de los primeros sesenta, lleva en su vieja moto a su amigo y protagonista de Travesía de Madrid, de Francisco Umbral, huyendo de mujeres que le buscan (es una especie de gigoló o donjuán de suburbio) y le piden cuentas. Casi al final de la novela aparece una pandilla de malos chicos motoristas (sin duda inspirados por las proezas de las bandas americanas de la época) que se dedican a todo tipo de desmanes y violencias, fiel reflejo acaso de secretas e inconfesables frustraciones sexuales en unos años muy proclives al desencanto y al desengaño. Una cita de Sören Kierkegaard da inicio a la novela y parece explicar muchas cosas: La angustia es el vértigo de la libertad.


     En Ultimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, la motocicleta adquiere una extraña dimensión delictiva y erótica para el Pijoaparte, protagonista de la novela, un jóven emigrante desclasado, idealista y ladrón de motos en la Barcelona de los últimos cincuenta. Enamorado de una chica de la burguesía catalana que le corresponde, termina su historia en manos de la Guardia Civil cuando corría a toda velocidad a reunirse con su amada en una flamante y fogosa Ducati (sic), sustraida horas antes. Sabía que era una máquina de lujo, una maravilla cromada y violeta, una llama incendiaria y mítica, capricho de campeones y niños bien, pero sabía también que era, como las yeguas jóvenes, antojadiza y voluble (...) La Ducati le daba formidablemente los ciento quince, vibrando toda ella como una muchacha ansiosa, pero sin espasmos inútiles ni prematuros alborozos. Oportunas descripciones de Marsé.


     En la breve novela Solo de moto, de Daniel Sueiro, ambientada y escrita en el año 1967, un jovenzuelo marginal y notablemente macarra, mecánico de profesión, emprende un viaje relámpago de fin de semana desde Madrid a Torremolinos, a lomos de una modesta Ducati de 49 c.c. a la que de manera muy optimista bautiza como La Poderosa, con el muy celtibérico propósito, tan en boga en la época, de beneficiarse sexualmente de alguna de las muchas turistas suecas que pululaban por la Costa del Sol en aquellos primeros años dorados del desarrollismo. Estos venéreos propósitos que alientan su viaje no van más allá de una mera acumulación de fantasías eróticas sin ningún fundamento de poder convertirse en realidades, y de hecho nuestro protagonista ni siquiera consigue llegar a Torremolinos, pues ha de darse la vuelta bastante antes de su destino para estar de regreso en el trabajo el lunes por la mañana, con lo cual la consiguiente frustración no proviene de la certeza de haber sido rechazado en sus pretensiones eróticas, sino de su propia incapacidad material de alcanzar el objeto del deseo. Y como en otras tantas ocasiones, también en esta novela la propia motocicleta adquiere una dimensión transgresora de liberación y estímulo contra la represión social, laboral y sexual de la época. En 1976 esta novela de Sueiro inspiraría la película El puente, dirigida por Juan Antonio Bardem y protagonizada por Alfredo Landa, una producción tópica y típica del cine español de la época, una mediocre españolada y el peor trabajo de su director, en opinión de los críticos.

 
     Mi novia es una FZR 1000 Exup con faros de tigresa triste. Mi fiel compañera de la vida. Mi FZR es mi novia, y no sabría elegir entre mi moto y una mujer, supongo que mi moto... En estos y en parecidos términos, casi cuarenta años después y también en Barcelona, se expresaba un ansioso motorista de la estirpe rácing en un reportaje de la revista LA MOTO, número 56, fechada en Diciembre de 1994. La moto también hablaba de su dueño: Ven, mi héroe de cómic, vámonos a otro planeta a descubrir otras formas de placer (...) Ven, vamos a reírnos de todos, buscar la nada mientras me subes de vueltas y me das más y más gas. Hace casi una semana que no dejo goma en el asfalto..., vámonos (...) Como se ve, resulta todo muy esclarecedor. Están enamorados el uno del otro y hacen muy buena pareja.
     Dos buenas parejas y una Harley Davidson de por medio en una infumable comedia española contemporánea, Salsa Rosa (ya estamos en el mundo del cine, fábrica de ilusiones por excelencia), con la siempre estimulante Maribel Verdú a los mandos de su máquina (poco verosímil), pero bien vestida de cuero y francamente apetecible en las escenas de moto, secundarias y ornamentales pero acaso lo mejor de la película.
     Tampoco demasiado verosímil Enma Suárez en una Honda CB-250 llevando de paquete al corpulento Karra Elejalde en un viaje de vacaciones para la película La Ardilla roja, de Julio Medem. Sólo un poco más convincente la protagonista femenina de El sueño del mono loco, de Fernando Trueba, también sensual y vestida de cuero en una Yamaha SR-250 por las calles lluviosas y desapacibles de un París invernal.
     En Amo tu cama rica ,de Emilio Martínez Lázaro, un histriónico Pere Ponce persigue sin descanso a la hermosa Ariadna Gil, primero en una Vespa y luego en una Honda XBR-500 por los garitos de moda del Madrid nocturno. Naturalmente se la termina llevando a la cama, faltaría más, pero el problema del cine es que antes o después se le acaba notando demasiado que es cine, en todos los sentidos y con todos los temas, no importa que haya motos y erotismo, y la verosimilitud se resiente.


      Es hora de volver a la realidad, coger el casco, los guantes y las llaves y llegarse hasta el garaje a visitar a esa dama bonita y ansiosa, que siempre está dispuesta a dejarse montar cuantas veces quieras, sin límite de tiempo, como una esclava sumisa y servil que no sabe decir que no. Mientras me acerco a mi moto ella me guiña el faro en una corta ráfaga de deseo que sé muy bien qué significa... Y después, ya junto a ella, encima de ella, mis manos sobre su talle metálico y mis ojos en sus brillos de lujuria, ella me susurra cálidamente al oído: Tómame, cariño, tómame entre tus piernas y apriétame fuerte y no te pares nunca, nunca, ni aunque yo te lo pida, más y más kilómetros, hasta el fin del mundo, hasta el fin de nuestras fuerzas, mi bien... ¡Oh, Dios mío! ¡Estoy tan, tan caliente..!
     El amor nunca muere. Arranco, meto primera y subo la corta rampa de acceso a la calle sintiendo ya en mi cuerpo el calor del asiento, el calor de ella, y cuando llego arriba, el Viejo Eros me saluda y me sonríe con malicia.
      El Viejo Eros es el vigilante de mi garaje y coleguita mío, sí.

Artículo original escrito y publicado en 1996.
Todos los derechos reservados.

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