lunes, 5 de enero de 2015

ESPERANDO LA MUERTE EN LA NACIONAL 301 (12 de Agosto de 1989). (Segunda parte). Dios y el diablo jugando a los dados en la carretera.






De improviso, la moto sufrió una sacudida trasera, violenta y seca como un trallazo, comenzó a derrapar sin control, y en consecuencia, perdió su trayectoria rectilínea paralela a la del Simca 1200 objeto del adelantamiento. Y entonces, una extraña y poderosa fuerza de succión empezó a atraer la moto hacia el coche como si se hubiese generado un formidable campo magnético entre ambos vehículos. Sujeté con energía el manillar tratando de buscar una escapatoria que evitase la colisión lateral, y fue en ese momento cuando comprobé aterrado que acababa de perder cualquier posibilidad de intervenir en mi destino, ya fuese para bien, ya fuese para mal. Ahora mi suerte estaba ligada irremediablemente a unas leyes mecánicas y físicas ante las que, en mi humano desvalimiento, no podía oponer resistencia ni defensa alguna. Durante unas décimas de segundo pude ver todavía la mirada estupefacta del conductor del Simca, y sus brazos agarrotados sobre el volante con esa tensión propia de quienes enfrentan un peligro sabiendo que cuentan con escasas probabilidades de salir indemnes de él. Y es que, si no se alteraba la trayectoria de la moto en el último instante, el impacto era inevitable.


 


Sin embargo, lo que sucedió fue otra cosa,  y no menos providencial, y es que la Yamaha perdió ligeramente velocidad, no demasiada, pero sí al menos la suficiente como para que el coche pudiera rebasarme mientras yo me quedaba a solas tratando de gobernar una máquina ingobernable que me llevaba sin remisión al desastre.
 
Una larga recta despejada de la N-301 era cuanto tenía ante mí en aquel delicado trance. He pisado una mancha de aceite, fue lo primero que pensé cuando recuperé mis capacidades cognitivas después del shock inicial. Pero había recorrido ya varias decenas de metros con la moto dando bandazos en la carretera fuera de todo control y mi situación empeoraba con cada segundo transcurrido. No podía tratarse de una mancha de aceite tan extensa. En cambio, lo que había sucedido, para mi desgracia -y fui consciente de ello a continuación- es que acababa de reventar el neumático trasero a más de 100 km/h. mientras estaba adelantando al Simca 1200.


Como llevaba apenas dieciséis meses montando en moto y tenía por tanto sólo unos pocos miles de kilómetros de experiencia, las probabilidades de matarme en la carretera en cuanto surgiese un contratiempo lo bastante propicio para ello eran mucho más elevadas en mi caso que en el de un motorista bien bregado y curtido en los riesgos del gremio. Tenía casi veintiséis años y en la vida me había visto en otra igual. Era esa edad difusa y fronteriza entre el fracaso y la gloria en la que muchas jóvenes promesas o celebridades ya casi consagradas del rock, el cine o el deporte se malograban para siempre porque morían accidentadas o se mataban por su propia mano para dejar un legado póstumo de leyenda y mitología. Pero yo era sólo un anónimo ciudadano español, semejante a otros miles de compatriotas desconocidos que iban a perder la vida en la nacional 301 y en el resto de las carreteras del país aquel año de 1989. Salvo para familiares, amigos y conocidos, por todo legado para la posteridad yo iba a dejar sólo un montón de hierros retorcidos y algunos jirones abrasados de ropa y de piel sobre el asfalto ardiente de la 301. Y después sólo sería un número, un dato, una estadística. O todo lo más, un macabro recuerdo más o menos indeleble en la memoria de los circunstanciales testigos de mi tragedia, porque sabía que quienes habían contemplado alguna vez de cerca un accidente de tráfico con víctimas mortales tardaban mucho tiempo en olvidarlo, o acaso no eran capaces de olvidarlo nunca. 






Era un día obsceno para morir. El primero del puente festivo de las mil vírgenes de Agosto en España, cuando tanta gente se quedaba por el camino. Cuando tanta gente se marchaba al campo, o a la playa, y nunca llegaba a su destino, o nunca regresaba de vuelta a su punto de partida, y los cementerios municipales se iban llenando de difuntos, y los cementerios de automóviles se iban llenando de chatarra. Según información adjunta del diario ABC con fecha del 16 de Agosto de 1989, en aquel largo puente festivo de hace veinticinco años murieron en las carreteras españolas 106 personas, de las cuales 25 lo hicieron el mismo día en el que yo estuve a punto de convertirme también en un número, en un dato, o en una estadística de la crónica negra del tráfico. Y por desgracia es también muy probable que algún infortunado de aquel largo centenar de víctimas mortales perdiera la vida en la propia N-301 (Madrid-Cartagena), una de las carreteras más transitadas que llevaba -y sigue llevando- del interior a la costa.


Pero el lugar tampoco dignificaba mi propia muerte. Bajo aquella cegadora luz estival del mediodía y en el vasto escenario de esa inmensa recta manchega flanqueada de viñedos y de campos de labor, un paisaje vulgar y visualmente monótono todavía a centenares de kilómetros del mar, perder la vida por el reventón de un neumático en una humilde moto urbana de veinte caballos resultaba particularmente insultante y mezquino en mi precipitada biografía. Una existencia tan breve como la mía merecía un desenlace más elegante y épico en un escenario más hermoso o tal vez más exótico. Pero estas cosas no podían elegirse. El cómo, el cuándo y el dónde escapaban completamente a nuestro deseo y a nuestra voluntad.



Como escapó completamente a mi deseo y a mi voluntad lo que sucedió a continuación durante más de un minuto y cerca de un kilómetro de recorrido. O tal vez puede que fuese durante más tiempo y mayor distancia. Imposible saberlo ahora. Con el neumático trasero reventado, la Yamaha empezó a comportarse como los caballos salvajes de los rodeos americanos, esos animales absolutamente demoníacos que son cabalgados por intrépidos cowboys cuyo mérito y destreza consisten no tanto en amansar a la fiera como en evitar ser derribados. Sin embargo, y aunque las sensaciones fueran acaso semejantes, a diferencia de los jinetes americanos que ejecutaban sus grotescas cabriolas en la confortable seguridad de los recintos cerrados de los ranchos y pistas de los circos, yo las estaba ejecutando en una carretera general española abierta al tráfico y lanzado a toda velocidad a bordo de una máquina suicida que no iba a detenerse hasta caer al suelo, salirse de la calzada o estrellarse contra cualquier obstáculo, estático o móvil, que se interpusiera en su camino. Por puro instinto comprendí enseguida que no podía hacer mucho más que cerrar el puño del acelerador, aferrarme firmemente al manillar, mantener el equilibrio y esperar que la suerte volviera de mi lado. Ni siquiera intenté bajar marchas para aprovechar la retención del motor, porque toda mi concentración en esos momentos estaba dedicada a evitar la caída y no podía tampoco mover los pies un milímetro de los estribos para buscar el pedal del cambio. Una lectura instántanea de la grave situación ante la que me encontraba me hizo entender en el acto que no debía tocar los frenos por nada del mundo (ambos de tambor en esta moto), pues eso hubiera supuesto el desastre inmediato. A 100 km/h. un vehículo recorre casi 28 metros por segundo y necesita, en condiciones óptimas, por lo menos 127 metros para detenerse totalmente, pero con un neumático reventado estas cifras pierden todo su significado práctico y el comportamiento del vehículo se vuelve completamente imprevisible.

Durante un tiempo que se me antojó una eternidad, la moto continuó derrapando de lado a lado de la carretera invadiendo incluso el carril contrario en un errática trayectoria de barrido en zig-zag, impulsada por unas violentas inercias de fuerzas y masas incontrolables. Con el acelerador cerrado y la dispersión de la trayectoria, la Yamaha iba perdiendo velocidad e impulso, aunque muy lentamente, como lo haría el péndulo de un reloj que parece que nunca va a detenerse por completo. Pero la pérdida de velocidad no sólo no mejoraba la situación, sino que la volvía más crítica, si cabe, porque a las violentas inercias anteriores se sumaban ahora unas intensas trepidaciones que alteraban nuevamente la trayectoria en zig-zag de manera mucho más peligrosa: la moto permanecía durante más tiempo en el carril izquierdo de la carretera antes de regresar al derecho, y venían vehículos de frente, y la mayoría de estos vehículos eran camiones y autobuses que me avisaban con nerviosas ráfagas para que me apartase. Seguramente sus conductores no podían dar crédito a lo que estaban viendo. ¿Qué hace ese motorista loco de lado a lado de la carretera? ¿Está jugando a la ruleta rusa?


 
Exactamente era eso lo que estaba haciendo, jugar a la ruleta rusa, en contra de mi voluntad, porque yo ya no era dueño de mi destino, que desde hacía un momento había quedado por entero en manos de las leyes de la física o de la casuística de los milagros, suponiendo que éstos existieran. Y entonces mudé del terror al pánico, que como es bien sabido puede producir la parálisis completa del individuo o bien su predisposición a la huida, es decir, a la estampida. Pero en mi situación la huida no era posible (no digamos ya la estampida), y la parálisis completa me conducía a una muerte segura, porque si me abandonaba con resignación al desenlace anunciado, de un momento a otro iba a terminar bajo las ruedas de un camión o de un autobús. Probablemente moriría de un modo u otro, hiciese lo que hiciese, y poco o nada podía hacer, pero tenía que intentar por lo menos evitar la colisión frontal con otro vehículo -cualquier cosa, por mala que sea, es preferible a esto-, de modo que ahora se trataba de soltar la moto y forzar la caída cuando me encontrase por ventura en el carril derecho, aún a riesgo de romperme el alma contra el cortante guardarraíl de acero de afilados perfiles, aún a riesgo de que la moto se me viniera encima y me partiese la columna vertebral y me condenase para siempre a una silla de ruedas, aún a riesgo de rodar por el asfalto como un muñeco de trapo y acabar arrollado igualmente por otro vehículo.


Estos, y otros muchos de semejante naturaleza, fueron mis negros pensamientos durante aquellos instantes de pánico insuperable en los que me vi morir a cámara lenta, porque ni se consumaba la tragedia ni se obraba mi salvación, porque todo sucedía a velocidad de vértigo pero al mismo tiempo con una demorada cadencia de una crueldad infinita que dejaba todavía abierta la posibilidad de cualquier desenlace. Dios y el diablo se estaban jugando a los dados mi porvenir en aquel tablero maldito de la nacional 301. 



   


2 comentarios:

  1. Muy buena redaccion e historia, justo en ese punto tuvo unos años antes el accidente Tony Leblanc, que le dejo muchos años invalido y retirado.

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  2. Muchas gracias. Sí que tenía oido que Tony Leblanc sufrió un grave accidente de tráfico, pero no sabía que había sido en esa zona. Consultando por encima la hemeroteca, leo que ese accidente fue en el año 1983. Saludos.

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