martes, 10 de octubre de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 21ª Entrega




Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.


Leer todo lo publicado anteriormente (entregas 1 a 20)




 Un relato de Route 1963



Hay algunas situaciones concretas de la vida en las que no querrías ser tú, con tu nombre y apellidos, ni hallarte dentro de tu cuerpo, ni encontrarte en el lugar en el que te encuentras. Eso fue lo primero que pensó Nogueras en aquel nefasto trance. Y sin embargo era él, con su nombre y apellidos -Vicente Nogueras Claramunt-, y se hallaba dentro de su cuerpo ceñido por un mono de cuero, y se encontraba precisamente allí, en la explanada de la cima del Alto del Tossal, a casi dos mil metros de altitud, cuando aquel hombre con uniforme y gorra verdes que llevaba una pistola al cinto le hizo señas imperativas con el brazo para que se detuviera. Ahora sí que la hemos jodido, se dijo Nogueras en voz alta mientras apretaba con fuerza la maneta de freno de la ZZR-1100 al tiempo que iba bajando marchas para reducir su velocidad. Naturalmente la tentación de huir le asaltó al instante, como sabía que le asaltaba a tanta gente que huía, de hecho, de los controles de carretera en los que él mismo intervenía con frecuencia en el ejercicio de su rutina laboral. Y alguno de estos conductores fugitivos todavía tenía la fortuna de poder evitar severas sanciones denunciando en falso el robo del vehículo, aunque lo habitual solía ser que se descubriera el engaño y se agravase la cuantía de la multa. De todos modos después vio por los retrovisores como un segundo hombre vestido de verde y con pistola al cinto hacía también señas a Venancio para que se detuviera, cosa que él hizo sin titubear poniendo el intermitente derecho, así es que esto ya terminó por disuadir a Nogueras de cualquier tentación de huir. Resignado a su suerte paró la moto y se puso a esperar las malas noticias que a buen seguro estaban por llegar. Ahora sí que la hemos cagado, no cesaba de repetirse a sí mismo, la hemos cagado pero bien.


Por supuesto, aquella carrera temeraria que venían disputando hasta ese momento acababa de ser abortada de manera expeditiva sin que hubiese un vencedor final. Pero ya no era esta la carrera que a Nogueras le preocupaba, sino otra: su carrera profesional, esto es, su porvenir inmediato como agente en activo de la Guardia Civil de Tráfico. Porque, o mucho se equivocaba, o aquél tremendo traspiés que acababa de dar en compañía de Venancio podía acarrearle muy graves perjuicios e incluso la inmediata expulsión del benemérito Cuerpo.


Mientras se atormentaba sin remedio con tan negros pensamientos, vio venir por detrás al guardia que le había ordenado detenerse. Unos metros más allá estaban el Nissan Patrol blanco y verde con matrícula PGC, que no pertenecía al puesto de Ventolana, el otro guardia y la CBR-900 de Venancio, que al igual que Nogueras seguía montado todavía encima de la moto. Lo que iba a suceder a continuación, Nogueras ya se lo sabía de memoria como si formase parte de un guión una y mil veces representado, sólo que en esta ocasión, y para su inmensa desgracia, con los papeles invertidos: aquel agente armado le daría las buenas tardes saludándole al estilo militar, le rogaría que apagase el motor y se bajase de la moto, le solicitaría los papeles y por último le haría un detallado inventario de las infracciones de tráfico cometidas para comunicarle solemnemente que se veía en la obligación de sancionarle. Tampoco había que descartar que, como colegas que eran, incluso se conociesen siquiera de vista, pero aún así esto no mejoraba en mucho la delicada situación de Nogueras. Y más o menos fue de este modo, aunque con ligeras variaciones, como habrían de desarrollarse los hechos:


-Buenas tardes -le dijo el guardia a Nogueras llevándose los dedos de la mano derecha a la sien, a modo de saludo desganado-, ¿tendría la amabilidad de quitar el contacto y apearse de la motocicleta?


Nogueras le obedeció sin decir nada. La mayoría de los conductores nunca decía nada cuando les paraba en la carretera la Guardia Civil de Tráfico. Normalmente solían estar tan acojonados que al principio no podían ni articular palabra. Pero él, más que acojonado, lo que estaba era enfurecido consigo mismo y con sus adversas circunstancias. Al poner los pies en el suelo notó que las piernas le temblaban un poco, lo que quiso achacar al cansancio, a la tensión y al disgusto. Miró al guardia. Era sargento, como él, y la visera de la gorra reglamentaria, que le quedaba un tanto grande, le cubría hasta la mitad de los ojos, protegidos por unas oscuras gafas de sol. De esta guisa, aquel hombre parecía ir casi de incógnito, pero su voz le había resultado a Nogueras vagamente familiar, como vagamente familiares habrían de resultarle más tarde también sus manos, cuando se fijó en ellas, unas manos delgadas y huesudas con los dedos largos y manchados de nicotina. Estaba convencido de que le conocía, aunque no fuera capaz de determinar su identidad. El guardia volvió a hablarle en un tono severo:


-Hágame el favor de enseñarme su permiso de conducir, el permiso de circulación, el impuesto municipal y el recibo del seguro.



Nogueras asintió mientras buscaba su documentación en la riñonera que llevaba colgada en la cintura. Ese guardia era el sargento Ceferino Domínguez, ya no le cabía ninguna duda. Sus dedos de fumador empedernido, siempre húmedos y amarillos de nicotina, le delataban. Habían coincidido un par de años atrás en algún cursillo oficial sobre primeros auxilios en accidentes de tráfico o sobre normativa de transporte de mercancías peligrosas, no podía precisar en cuál, y aunque no hubiesen llegado a tratarse mucho entonces ni a verse después, debido a la relativa lejanía geográfica de sus respectivos destinos, sí que se conocían de sobra.

Nogueras le entregó toda la documentación requerida y se quitó el casco. Luego dijo:

-Hola, Seferino, ¿te acuerdas de mí?

El sargento Ceferino se le quedó mirando con una estúpida mueca de incredulidad prendida en los labios. Nogueras añadió:

-Soy de los vuestros: sargento Nogueras, del puesto de Ventolana.

-¡Joder, Nogueras, me cago en la leche puta, no te había reconocido! -saltó por fin aquel hombre levantándose la visera de la gorra para verle mejor.

Se dieron la mano con suma frialdad, quizá con desconfianza.

-¿Todo bien? -preguntó Nogueras tratando de introducir un poco de cordialidad en aquel encuentro tan incómodo como inesperado.

-Bueno, vamos tirando. Oye, que me impresionó mucho lo de los rusos cuando me enteré. ¡Vaya huevos que debisteis echarle!

-La verdat es que lo pasamos muy mal -reconoció Nogueras-. Yo pensé que no lo contábamos.

-No me extraña nada, porque tuvo que ser jodido. Precisamente hace un rato lo estaba comentando con el compañero. Allí delante hay una mancha muy negra en el asfalto que debe de ser el sitio en donde se quemaron vuestras motos, ¿no?

-Sí, allí mismo fue.


Nogueras comprendió de repente que, por alguna de esas casuales paradojas de la vida, en el mismo lugar en donde el destino le había condecorado con la excelsa gloria de los héroes apenas unos días antes, ahora se disponía a castigarle con el oprobio despreciable de los villanos a través de la mano ejecutora del sargento Ceferino. Aquella explanada de la cima del Alto del Tossal iba a representar para él a un tiempo el cenit y el ocaso de su trayectoria profesional al servicio de la patria. Ceferino no habría de demorarse ya mucho en confirmarle sus peores pronósticos:


-En fin, Nogueras, en fin -empezó a decirle aquel hombre mientras miraba atentamente su documentación-, que sepas que quiero felicitarte sinceramente por vuestra hazaña, que a todos nos produjo verdadera admiración, pero ahora…


-Grasias, Seferino, eres muy amable.


-Pero ahora… -continuó el guardia-, supongo que te imaginas porqué os hemos obligado a parar.


Nogueras suspiró profundamente. Nada de lo que dijera o dejase de decir tendría ya la menor importancia. Nada podría agravar ni atenuar su delito. La suerte estaba echada.


-Algo me imagino, sí -se atrevió a reconocer.


-¿Y por dónde quieres que empecemos? -le preguntó Ceferino mirándole fijamente.


-Empiesa por el prinsipio -dijo Nogueras con resignación.


-¡Os habéis caído con todo el equipo, Nogueras, con todo el equipo, me cago en la leche puta! No sé si esto va a poder tener arreglo, pero yo creo que no. ¿Tú te conoces casi de memoria el Código de la Circulación, verdad?


-Sí, claro, es nuestra obligasión.


-Bueno, pues que sepas que acabas de pasártelo por el forro de los cojones tantas veces que no se pueden ni contar. Te voy a resumir las infracciones: no respetar los límites de velocidad establecidos, y en concreto el radar te ha cazado una vez a más de 250 kilómetros por hora en la nacional, eso por no hablar de la subida al Puerto, en donde el exceso de velocidad ha sido permanente; circular en la motocicleta sin el alumbrado obligatorio de carretera; no respetar la distancia de seguridad con los vehículos precedentes; múltiples adelantamientos indebidos sin respetar la señalización horizontal y vertical de prohibición; conducción temeraria por el carril contrario poniendo en grave riesgo la seguridad de terceros vehículos, que se han visto obligados a realizar maniobras bruscas y peligrosas para evitar una colisión frontal; omisión de la obligación de utilizar los indicadores luminosos intermitentes en los desplazamientos laterales; circular en paralelo con otro vehículo en una vía de doble sentido de circulación y, por último, establecer competición o carrera ilegal con otro vehículo en la vía pública.


-No, Seferino, eso sí que no -protestó Nogueras.


-¿No estabais echando una carrera con las motos?


-En absoluto -mintió Nogueras-, sólo las estábamos probando y por eso íbamos un poco deprisa.


El sargento Ceferino sonrió como si estuviera ante una inocente travesura infantil.


-¡Un poco deprisa, dices! ¡No me jodas, Nogueras, no me jodas, que ibais a más de doscientos, coño! ¿Sabes qué es lo peor de todo esto?


-Qué.


-Que El Altísimo lo ve y lo sabe todo.


-¿El Altísimo?


-Sí, El Altísimo todopoderoso -dijo el sargento Ceferino señalando al cielo con su dedo índice extendido.


  

 
Un helicóptero de la Guardia Civil de Tráfico volaba a gran altura describiendo amplios círculos sobre sus cabezas. Nogueras percibió entonces la verdadera magnitud de la hecatombe a la que se enfrentaban. Aquel helicóptero no les había quitado el ojo de encima durante toda la carrera y ellos, concentrados como estaban en el fragor de su batalla, ni siquiera se habían percatado de su presencia. Los detalles restantes ya eran ociosos, pero por si acaso el sargento Ceferino tuvo la escasa delicadeza de recordárselos:


-Te voy a decir una cosa, Nogueras, yo creo que os podéis dar por contentos con no salir en la revista de Tráfico en la foto esa de la contraportada que se llama “la locura del mes”.

-¡No jodas, Seferino!

-No, yo no jodo, pero El Altísimo os ha retratado hasta los empastes de las muelas, date cuenta. Y además, no puedes hacerte una idea de la cantidad de patrullas que han sido movilizadas por vuestra culpa. “Motoristas suicidas, motoristas suicidas”, era lo que se oía por la emisora. A estas horas debe de estar ya enterado hasta el ministro del Interior.

CONTINUARÁ