lunes, 5 de junio de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 15ª Entrega


Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.



Un relato de Route 1963

Cuando llegó de nuevo al salón del bar se encontró a la camarera barriendo el suelo con un cepillo. Había restos de botellas y vasos rotos por todas partes, líquidos derramados, trozos grasientos de bocadillo, servilletas de papel, palillos de dientes, colillas y huesos de aceituna, entre otras inmundicias de la peor especie.

Mire cómo lo han puesto todo estos cerdos —se quejó la chica.

Nogueras la observó con cierta lástima. Se le hacía injurioso verla allí de pie, en lo alto de sus finos tacones de aguja y pisando aquellos desperdicios repugnantes mientras los iba barriendo con el cepillo hacia un rincón de la sala. Pero lo que le resultaba más chocante al guardia era verla realizar esta tarea precisamente calzada y vestida como iba, con su minifalda verde de tubo y la apretada blusa de seda negra, amén de los provocativos zapatos de tacón, sin lugar a dudas la indumentaria menos apropiada para este menester. Y sin embargo, ni siquiera ocupada en labores tan subalternas como esa, perdía Mónica ni un ápice de su hermosura, coquetería y majestuosidad, antes al contrario, era delicioso contemplar los movimientos de sus brazos y de sus caderas al compás del cepillo, y cuando agitaba la cabeza para retirarse la larga melena rubia de la cara, volcándola hacia atrás con una sacudida enérgica, Nogueras se volvía loco de deseo.

Mientras tanto, el rabioso inquilino de su entrepierna no dejaba de crecer y crecer, tanto a lo largo como a lo ancho. En cualquier momento Mónica descubriría aquel bulto ostentoso de sus pantalones y era de temer que se creara entre ellos una situación tensa e incómoda por este motivo. Por eso, para disimular, Nogueras le dijo:

¿Quieres que te ayude a terminar de recoger todo esto?

Ni hablar, sargento —respondió la chica mirándole con un gesto de dignidad ofendida—. Usted ya me ha ayudado bastante hoy. Y no sé ni cómo agradecérselo.

Nogueras se sintió sumamente halagado con estas palabras, como es natural. Y desde luego él sí que sabía de sobra lo que le gustaría que hiciera la camarera en agradecimiento a sus servicios prestados, que en el fondo no eran tales, pues él sólo había cumplido con su deber de protegerla, algo que habría hecho igualmente con cualquier otra persona en apuros. El problema era que debía seguir comportándose como un caballero, y esto descartaba de antemano toda insinuación demasiado explícita por su parte.

No tienes nada que agradeserme, xiqueta, faltaría más —respondió el sargento, al tiempo que pensaba que quizá podía, y debía, sacar algún tipo de ventaja personal de esta situación.

Y contra todo pronóstico, el desarrollo de los acontecimientos vino a ponerle las cosas muy de cara:

Es usted un hombre especial, Nogueras —intervino Mónica de nuevo—, un hombre muy especial.

El sargento tuvo la sensación desconcertante de que su cuerpo podía llegar a perder el contacto con el suelo en cualquier momento para elevarse en el aire y quedarse flotando en las nubes como un globo de helio. Ya no era sólo su revoltoso miembro viril el que crecía y se hinchaba. Era todo su ser el que pasaba por ese trance perturbador.

Espesial..., ¿por qué? —fue todo lo más que pudo preguntar, de tan embargado como estaba.

Mónica soltó el cepillo, miró a Nogueras y le sonrió. Después tomó el cepillo y siguió barriendo. Durante unos segundos, apenas, porque volvió a apoyar el cepillo en la pared para mirarle y sonreírle de nuevo. Una sola de esas sonrisas habría bastado para derretir un iceberg. Nogueras, desde luego, aunque se sintiera flotando, ya llevaba largo rato derretido en cuerpo y alma. Y lo mejor estaba por llegar:

Me ha gustado mucho lo de antes, cuando me ha cogido la mano, sargento.

Él quiso decir algo, aunque no sabía qué, pero en su vacilación se le adelantó la camarera:

Le he sentido cálido y protector —confesó ella—. Era como si su mano entrelazada con la mía me transmitiese confianza y seguridad para enfrentarme a esos hombres.

Nogueras la escuchaba con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. La sorpresa le tenía en verdad sobrecogido. Pero una de dos, o la chica le estaba tomando el pelo al decirle todo esto, o bien eran sinceras sus palabras, en cuyo caso existían indicios razonables para creer que ella se le estaba insinuando. O no, porque con las mujeres nunca se podía tener absoluta certeza de nada.

¿Sabe una cosa? —continuó Mónica—. No iba a volver a coger el cuchillo. Hice el ademán sólo para ver si usted se atrevía a agarrarme de la mano.

Son todas igual de malas, igual de brujas, igual de harpías, esto es lo que pensó Nogueras en ese momento, después de escuchar aquella confesión. Quizá fue ahora su coraje de macho burlado lo que le hizo hablar:

Bueno —dijo, fingiendo un aplomo que ya había perdido—, pues ya ves que sí que me he atrevido.

Pero a lo que no se ha atrevido —saltó la camarera de repente— ha sido a tocarme el culo luego. ¡Y lo estaba deseando, vaya!

Lo único que le faltaba a Nogueras era que aquella mujer, además, le adivinase el pensamiento y las intenciones. Eso podía ser ya el principio del fin. Trató de sobreponerse a esta contrariedad inesperada:

Es que no pensaba tocarte el culo para nada —mintió el sargento, viendo cómo la situación ya le superaba—. Eso ni se me ha pasado por la imaginasión.

¡Ya, ya, usted disimule! —dijo Mónica con ironía y dejando escapar una risita perversa—. ¡Que no me he caído de un guindo, Nogueras!

Estaba jugando con fuego, y él lo sabía. O se lo temía. Y sin embargo no pudo vencer la terrible curiosidad que le quemaba por dentro.

¿Y qué habría pasado si te lo llego a tocar?

Mónica le sonrió divertida.

¿De verdad quiere saberlo?

Si tú me lo quieres desir...

Y entonces la camarera hizo una cosa increíble: se puso de rodillas sobre una de las mesas, apoyó los codos en el tablero y levantó sus apretadas nalgas ofreciéndolas provocativamente a la vista de Nogueras.

Voy a darle una segunda oportunidad —anunció.

El sargento se quedó paralizado sin saber qué hacer. A su cabeza acudía un aluvión constante de imágenes, pero la mayoría de ellas no eran demasiado prometedoras. Se veía acercándose a Mónica por detrás, posando sus manos con lujuria sobre aquellos glúteos rotundos y recibiendo instantáneamente una patada de la chica en mitad de sus testículos inflamados, seguida de una monumental bronca con petición de que abandonase el bar incluida. Esta escena admitía otras variantes similares, y en ellas la patada en los bajos era sustituida por una sonora bofetada, un puñetazo, un mordisco, un empujón o un tirón de pelo, entre otras posibilidades. Pero siendo optimista Nogueras también se veía manoseando el culo de Mónica con deleitosa parsimonia para pasar luego a la cara interna de sus muslos abriéndose paso a través de la estrecha minifalda mientras ella quizá gemía y le pedía que no se detuviera, o se volvía para meterle la lengua hasta la garganta o para tocarle su entrepierna a punto de estallar, y todo esto como excitante preámbulo de lo que podía venir después, ya los dos desnudos sobre la mesa y dispuestos para mayores cometidos. Nogueras trató de racionalizar la situación a pesar de los escasos aspectos racionales que presentaba la misma. ¿Qué reacción podía esperarse de Mónica a tenor de su conducta y de lo que estaba sucediendo en aquellos momentos? ¿Que le diera una hostia si se acercaba para tocarla, o que le dejara hacer? Noventa y nueve veces de cada cien, que le dejara hacer, fue la conclusión del sargento. Ahora bien, si ese cálculo de probabilidades resultaba erróneo, entonces podía ir dando por segura una dolorosa patada en los cojones, como mínimo. La camarera, sin cambiar de postura, empezó a impacientarse ante la indecisión de Nogueras, así es que no se le ocurrió nada mejor que volver a incitarle con nuevos y provocadores argumentos:

¡Vamos, sargento, que me enfrío! ¡Parece mentira, un héroe tan valiente como usted y ahora se acojona delante de una pobre mujer indefensa!


Pero esa era la verdad, Nogueras estaba realmente acojonado, sobre todo cuando miraba los tacones de aguja de los zapatos de la chica, afilados como estiletes, que sobresalían amenazadores desde el borde de la mesa. No era lo mismo enfrentarse a tiros con los rusos del Alto del Tossal que atreverse a tocarle el culo a aquella hembra de bandera tan peligrosamente armada. Y sin embargo ya no le quedaba otra alternativa. Pero entonces cometió un error tan estúpido como imperdonable:

Oye, Mónica, ¿por qué no te quitas los sapatos? —le pidió tímidamente.



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