sábado, 1 de julio de 2017

LAS AVENTURAS DEL SARGENTO NOGUERAS Y EL GUARDIA BRIONGOS. (Motoristas de la Guardia Civil de Tráfico). 17ª Entrega


Este es un relato de ficción. Todos los personajes, los lugares y las situaciones son, por lo tanto, imaginarios, y cualquier parecido con la realidad ha de considerarse como una mera coincidencia. Fue publicado por primera vez en el año 2004 en un foro motorista de internet, y debido a determinados pasajes escabrosos de la narración se hizo necesario aplicarle algún tipo de omisión o censura en alguna de las entregas. Se ofrece ahora íntegro en su versión original en este blog, y por tal motivo hemos de advertir que LA LECTURA DE ESTE RELATO NO ES ADECUADA PARA MENORES DE DIECIOCHO AÑOS.



Un relato de Route 1963

La chica exhaló un tímido gemido —o eso al menos es lo que creyó oír Nogueras— y tensó su cuerpo primero para luego relajarlo poco a poco hasta alcanzar un desmadejamiento cercano al desmayo, o al éxtasis, tanto que a él le pareció que se le iba a quedar yerta sobre la mesa. Separó ligeramente sus labios de los de ella y le habló con un hilo de voz:

¡Qué barbaritat, xiqueta! ¿Y todo esto es tuyo de verdat?

Entonces Mónica, volviendo a reaccionar, le plantó la mano izquierda sobre el bulto palpitante que moraba dentro de los pantalones de cuero. Nogueras, que con mucho menos ya había alcanzado los estadios superiores de la plenitud, pensó ahora que terminaría aullando como un lobo más pronto que tarde, pero por si acaso se aferró aún con más fuerza a los pechos de la camarera metiendo por fin las manos en el interior de la blusa. Ella hizo lo propio y le atrajo hacia sí tirándole de la bragueta mientras le decía en un tono insinuante:

Todo eso es mío y ahora también suyo, sargento.

Pero tutéame, nena, tutéame —le pidió Nogueras—. Yo creo que en esta situasión...

Ella no tardó ni un segundo en tomarse la invitación de Nogueras al pie de la letra, y aún más:

¡Me pones a tope, sargento, a tope! ¡Bésame, cabrón!

Nunca antes la palabra cabrón, dirigida a él, le había sonado tanto a música celestial como en estos momentos de gloria que estaba viviendo sin acabar de creérselo. ¡Pues no le había dicho la chica que le ponía a tope! ¡No acababa de pedirle que la besara! ¡La mujer más deseada de aquella comarca estaba allí con él, rendida a sus pies, y dispuesta a todo! Se sentía el hombre más afortunado de la tierra. Y estaba pensando con deleite en estas cosas un segundo antes de besarla, cuando ella se le anticipó y le metió la lengua en la boca al tiempo que le acariciaba la cabeza y restregaba su cuerpo anhelante contra el suyo como poseída por una repentina pasión volcánica que le quemase las entrañas. Ahora que Mónica había tomado la iniciativa, él la dejó hacer y se dejó llevar sumamente complacido hasta los gozosos territorios de la lujuria. Tumbados y abrazados como estaban rodaron sobre la mesa sin soltarse, fundidos en un solo cuerpo para invertir sus posiciones —ahora ella arriba y él debajo— con una facilidad que a Nogueras se le antojó maravillosa, como maravilloso habría de ser todo cuanto sucedió a continuación, que no fue poco.


Estuvieron largo rato jugueteando con sus lenguas en un complacido intercambio de salivas y degustaciones mutuas. Nogueras exploró en la boca de Mónica tan fervorosamente que no le quedó nada de ella por conocer, y otro tanto hizo la chica con la suya. Se besaron, se chuparon, se lamieron y mordisquearon hasta quedar saciados. El sargento pensó que se llevaría hasta la tumba el recuerdo del sabor de aquella boca. Quizá, con el tiempo, besaría después a otras mujeres, quizá no —la suya no contaba, eso desde luego—, pero ya nunca podría ser lo mismo. Desde ese día habría un antes y un después. En una breve tregua de besos que se concedieron, Mónica aprovechó para erguirse sobre las rodillas y desabrocharse la blusa. Sus senos, rotundos y firmes, quedaron suspendidos muy cerca de la cabeza de él, que no dudó en alzar sus manos para volver a tocárselos con renovado entusiasmo. Tenían un tacto cálido, esponjoso, masivo y sólido, con los pezones extensos y sonrosados como dos soles en miniatura brillando sobre la blancura pálida de la piel. Nogueras levantó ligeramente la cabeza, acercó su boca a los senos de Mónica, sacó la lengua y empezó a lamérselos alternativamente —primero el izquierdo, luego el derecho, y vuelta a empezar—, sin soltarlos de las manos. La criatura diabólica que habitaba entre sus ingles sufrió una nueva dilatación espasmódica que la férrea presión de los pantalones de cuero volvió a convertir en dolorosa. Algo de sufrimiento debió de percibir Mónica en el rostro del guardia, porque enseguida se dispuso a aliviarle de la terrible desazón que parecía sentir. Reculando sobre las rodillas se bajó de la mesa. Después le miró sonriendo. Fue una sonrisa pícara y maliciosa, pero Nogueras se derritió con ella.

Vamos a ver qué es lo que tiene aquí mi sargentito —dijo la chica agachándose sobre aquella entrepierna abultada hasta la exageración.

Nogueras la dejó manipular. Sólo se hacía una vaga idea de lo que se proponía la camarera. Lo único seguro es que iba a quitarle los pantalones y a lo mejor también los calzoncillos. Una vez hecho esto, el número posible de sucesos a ocurrir aumentaba considerablemente. Puede que ella se conformase sólo con mirar —lo cual no parecía demasiado probable a tenor de las circunstancias—, puede que quisiera además tocar, o mover, o agitar, o menear, puede que incluso, ya en el vértice de todas las posibilidades que ofrecía la situación, estuviera dispuesta también a... chupar. Conociéndose como se conocía, Nogueras no pudo por menos que reconocer que si sucedía esto último la fiesta iba a durar muy, pero que muy poco, por mucho que él pusiera de su parte para prolongarla.



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