jueves, 2 de noviembre de 2017

PEONES CAMINEROS. UN OFICIO EXTINGUIDO.



Un reportaje de Route 1963


     No soy periodista, pero desde el pasado mes de agosto, por circunstancias que no vienen al caso, vengo colaborando con regularidad en el periódico semanal CANFALI MARINA ALTA (edición impresa) que se publica en Dénia, capital de la comarca alicantina de la Marina Alta. Cada semana envío un artículo de opinión que aparece publicado el sábado correspondiente. Tengo absoluta libertad para escribir sobre los temas que considere oportunos, y hasta el momento lo cierto es que no he escrito ni un solo artículo de opinión propiamente dicho, sino más bien artículos autobiográficos y de divulgación sobre diferentes aspectos relacionados con la ciudad de Dénia y su comarca. Mi colaboración es completamente amateur y no percibo ninguna remuneración por ella.  Este periódico, fundado en 1976, tiene una tirada de unos 8.000 ejemplares y su difusión está restringuida al ámbito comarcal. Cuenta también con una edición digital diaria.   

     El último artículo que he publicado en dicho periódico el pasado sábado 28 de octubre tiene relación muy directa con la carretera y su pasado, pues trata precisamente de los peones camineros, una profesión ya extinguida. Por su interés he decidido dedicarle la presente entrada del blog. La fotografía que acompaña tanto esta entrada como el artículo del periódico pertenece al Archivo Fundación Telefónica.




El Cuerpo de peones camineros fue creado en España en 1759 con la misión de velar por el adecuado mantenimiento y conservación de las carreteras en todo el territorio nacional, desarrollando su cometido durante dos siglos, hasta que a mediados del XX tuvo lugar su extinción definitiva. Los peones camineros ocupaban el escalafón más bajo entre los funcionarios del Estado, y su trabajo, aunque vitalicio, era muy exigente y estaba mal remunerado. A cambio de un mísero salario trabajaban casi de sol a sol siete jornadas semanales en invierno y en verano, incluso en condiciones climáticas extremas, dedicados a su trozo de carretera, que tenía una longitud de una legua (5’5 kms.) y debían recorrer íntegro a pie al menos cada dos días, efectuando en él las reparaciones que fuesen necesarias, estando para tal fin convenientemente dotados de utensilios y herramientas manuales muy rudimentarias. En sus orígenes los peones camineros desempeñaron también funciones de seguridad y vigilancia en las carreteras, y tenían potestad para detener a malhechores y maleantes y entregarlos a las autoridades de las poblaciones más cercanas. Cuando se tendieron las líneas telegráficas y posteriormente las telefónicas, que seguían el trazado de las carreteras, se les encomendó igualmente su vigilancia, en prevención de sabotajes. 

Pese a todo, la profesión de peón caminero gozaba de buena reputación y gran demanda social en unos tiempos en los que la miseria y el hambre eran moneda común en España. No en vano los peones camineros, aunque mal retribuidos, como funcionarios del Estado podían conservar su trabajo hasta la jubilación y percibían regularmente su salario, lo que les procuraba una seguridad de la que carecían la mayor parte de los trabajadores. Además, y no era una cuestión menor, recibían también una vivienda estable, si bien humilde, mal acondicionada y aislada en mitad del campo junto al sector de carretera que les había sido encomendado, pero una vivienda gratuita, al fin y al cabo. Eran las conocidas como casillas de peones camineros, que proliferaron por toda la geografía nacional constituyendo un elemento característico del paisaje de nuestras carreteras. Existieron diferentes tipos de casillas a lo largo del tiempo, pero básicamente se desarrollaron dos modelos, según fuesen para uno o para dos peones y sus respectivas familias, pues los peones camineros residían permanentemente con su parentela, si la tenían, en estas construcciones toscas y elementales que disponían de un patio o corral trasero tapiado destinado al pequeño cultivo agrícola o a la crianza de animales para la propia manutención de sus moradores. En estos corrales era también frecuente el establecimiento de un pozo de agua potable para el regadío y suministro de los residentes.

Las casillas de peones camineros jalonaban todas las carreteras españolas de primero, segundo y tercer orden, estableciéndose una en cada legua del recorrido. Con la implantación del Sistema Métrico Decimal a mediados del siglo XIX, se hicieron propósitos para establecer un peón caminero con su correspondiente casilla cada tres kilómetros, pero en muy contadas ocasiones se pudo llevar a efecto esta medida. El desarrollo de las comunicaciones y de la maquinaria de obras públicas especializada en los más tempranos años del siglo XX, trajo consigo la paulatina desaparición de los peones camineros y el abandono y la ruina de la mayor parte de las miles de casillas que ocupaban a lo largo y ancho del territorio nacional. Unas pocas aún sobreviven en mejor o peor estado de conservación, e incluso algunas han sido restauradas y destinadas a diferentes usos. En el término municipal de Dénia se conserva todavía una de estas casillas casi en su estado original. Hablaremos de ella próximamente.

 

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